LA INFLUENCIA DE LOS NOTICIARIOS DE LA TELEVISIÓN MEXICANA EN LA OPINÓN PÚBLICA


ENTRE LA OBLIGACIÓN DE INFORMAR, LOS NEGOCIOS,
ESPECTÁCULO Y MANIPULACIÓN POLÍTICA

I. MÉXICO, UNA SOCIEDAD QUE OPINA Y DECIDE
En un escenario de problemas de tránsito permanentes, polución, exceso de población, crisis económica, violencia social, inseguridad pública y una intensa actividad política, los ciudadanos mexicanos tenemos que tomar decisiones todos los días: el color de la camisa, el monto a depositar en la tarjeta de crédito, ir al cine o ver películas en casa, dormir la siesta o hacer ejercicio, tomar cerveza o café, hacer compras de oportunidad o ahorrar, discutir o guardar silencio. En fin, nuestras decisiones cotidianas dependen de un amasijo de razones y sinrazones; algunas después de una sesuda reflexión y otras irrumpen de lo más profundo del ser a manera de impulsos y reacciones para satisfacer nuestros deseos.

¿Qué hay detrás de nuestras decisiones? ¿Qué mecanismo mental las produce y nos impulsa a tomarlas? Los pensamientos y emociones acerca de las cosas que conocemos y el contexto en el que se generan son los factores principales que sostienen nuestras decisiones. Por lo tanto, las opiniones y puntos de vista sobre las cosas anteceden la acción de “decidir”. ¿De dónde tomamos la información para resolver necesidades inmediatas y tomar decisiones en la vida? ¿Cómo se construyen esas opiniones y puntos de vista? ¿En qué piensan los mexicanos antes de tomar decisiones? Aunque contamos con un sinfín de opciones que nos ayudan a deliberar y tomar postura, la principal fuente de información de los mexicanos, la más influyente hoy día, nos guste o no, es la televisión: “el invento más portentoso de la segunda mitad del siglo XX”; el oráculo de la familia mexicana que siempre está ahí, al alcance de todos; “la reina de la casa”.

II. EL ORÁCULO DE LA FAMILIA MEXICANA
Así es, aunque muchos publicistas y comunicadores –en un afán más mercadológico que objetivo—insisten en que Internet es ahora la principal fuente de información de la sociedad contemporánea, en México las cosas aún no han cambiado. En un estudio de la Universidad Autónoma Metropolitana (Situación actual de la radio y la televisión, Ponencia de Gabriel Sosa Plata, Diplomado en Industrias Culturales, Política y Comunicación, UAM, Cuajimalpa, Octubre, 2007), se analiza que, hasta el año 2005, el 97.9% de los hogares de México cuentan con televisión, de éstos, el 24.9% tiene acceso a la televisión de paga y, en contraste, sólo el 16.5% cuenta con una computadora. Por lo tanto, para la mayoría de los hogares mexicanos resulta más sencillo (y gratuito) encender la televisión abierta para enterarse de lo que ocurre en el mundo y entretenerse con sus programas favoritos, que pagar una renta mensual por una conexión de internet.

¿Por qué la televisión? Porque a diferencia de la radio, la TV transmite sonidos e imágenes de forma simultánea que le proporcionan un carácter más vívido y contundente; además, tiene la capacidad de sustituir la reflexión por la imagen, es decir, aporta la evidencia de lo que está sucediendo casi de manera tangible “¡Ahí está, frente a nuestros ojos, cómo negarlo: una imagen dice más que mil palabras!”.

La proximidad que brinda la pantalla entre el telespectador y todo aquello que ocurre dentro de ella, genera una sensación de inclusión, significa que al estar en contacto con ella todos los televidentes son considerados democráticamente iguales, sin importar su nivel educativo, filiación política, religión o posición económica. Para verla no hay requisitos que cubrir y se tiene la total libertad de entrar y salir de ella en el momento deseado.

Si se tienen dudas acerca de la influencia de la televisión en las opiniones de los ciudadanos y en la opinión pública de México, basta con observar que en nuestro país los telespectadores pasan en promedio 216 minutos al día frente a la televisión (3.5 horas) y sus contenidos son acaparados por sólo dos empresas privadas: Televisa (70% de la audiencia en TV abierta y más del 80% de los programas de mayor rating) y TV Azteca.

Según la Revista Mexicana de Comunicación, de febrero-marzo, 2006, en su sección Bitácora, la oferta conjunta en sus pantallas, en términos del tiempo total de transmisión, se divide en 31% Programas de Ficción; 24% Programas de Información; 19% Infantiles; 13% Variedades y deportes. Es importante subrayar que el 97% de los niños mexicanos reconoce que ve televisión los 7 días de la semana, lo cual muestra cómo su influencia y cercanía se da desde temprana edad, condicionando un sin fin de comportamientos y hábitos. Finalmente, los programas preferidos por los adultos son los noticiarios (49.5%) y las telenovelas (39.2%).

No es gratuito que la televisión mexicana sea considerada como la “caja que idiotiza", ya que los contenidos culturales o de corte educativo están prácticamente fuera de la pantalla, apenas un 1% de la programación general, en televisión abierta. La mayor parte de sus contenidos son de ficción y entretenimiento, generalmente relacionados y condicionados por unos cuantos patrocinadores y sus múltiples empresas filiales que acaparan no sólo los espacios publicitarios tradicionales, sino también han penetrado en los propios contenidos de los programas.

Ante este sesgo en sus contenidos, la TV mexicana, autoproclamada como un espacio “libre, democrático e incluyente”, resulta no serlo en realidad. Sus espacios se encuentran perfectamente bien reservados. Al respecto, el escritor catalán Román Gubern en su ya clásico texto, El Eros electrónico, manifiesta que la televisión comercial reduce a los ciudadanos a la condición de simples consumidores, hasta el punto de afirmar que su principal función “...ha sido la de difundir publicidad rellenada de programas de entretenimiento”.

En este contexto, el telespectador toma conciencia del lugar que ocupa en el mundo gracias a ese espacio que crea al estar frente a la televisión, permitiéndole que sus ondas electromagnéticas lo envuelvan y conduzcan por los caminos de la fantasía y la ilusión. Ahí, ocurren una cantidad impresionante de fenómenos psíquicos y conductuales cuyas características sería difícil profundizar en este breve ensayo pero, basta decir que, sin duda, condicionan, limitan y predisponen al telespectador, de forma automática y sin advertirlo, a tomar una postura o expresar una opinión.

III. LA OPINIÓN TELEDIRIGIDA
Una opinión es, sencillamente, un parecer. A diferencia del conocimiento científico, la opinión es una posición subjetiva que no necesita ser demostrada ni comprobada empíricamente como las matemáticas o un experimento de laboratorio, es simplemente una convicción débil y variable; no es un saber concreto, por lo tanto no necesariamente es verdad. Sin embargo, al colectivizarse, dichas opiniones individuales construyen un consenso entre los ciudadanos que, a veces sin cruzar palabras, crean un acuerdo tácito de grandes proporciones, lo cual representa una presión social significativa y produce un impacto determinado. En ese sentido, la opinión pública es el conjunto de opiniones generalizadas del público que todos los días es persuadido por los mensajes transmitidos por los mass media, en especial la televisión.

El término “público” también tiene que ver con la cosa pública (res pública), es decir, aquello de interés general que involucra a todos los que participan en una ciudad; la cuestión pública, los asuntos colectivos. El Estado Mexicano, cuyo sistema político es la democracia representativa, no se caracteriza por respaldar su Gobierno en el saber, sino en la opinión, ya que su fundamento radica en la manifestación pública del parecer de los ciudadanos (opinión) respecto de los asuntos públicos, mediante la emisión de un “voto universal, libre y secreto” con el cual censuran o convalidan el manejo de la administración pública por parte de los representantes del pueblo.

Empero, no quiere decir que los ciudadanos necesariamente sepan de la cosa pública y en consecuencia voten, sino que tienen derecho –la constitución manda— a ser tomados en cuenta en los asuntos públicos al momento de elegir quién se encargará de éstos, y por eso votan (opinan), aunque no estén enterados necesariamente de la situación pública. Un slogan del Instituto Federal Electoral (IFE) de hace un par de años decía: “Tu voto vale”, “Tu voto decide”. Nunca un slogan recomendará: “Sólo si sabes, vota”. La democracia mexicana para legitimarse necesita opiniones y decisiones, no conocimiento específico por parte de los ciudadanos.

¿Cuál es la relación entre la televisión y la opinión pública? Algunas teorías plantean que, frente a la televisión, los ciudadanos pierden distingo y consideración individual, pues son considerados un átomo dentro de una masa amorfa y difusa llamada “público” o “auditorio”, y se convierten en objetivos de mercado y difusores de posturas políticas. Giovanni Sartoti, politólogo Italiano, sostiene en su libro Homo videns: La sociedad teledirigida, que “la televisión es una fuente importante de creación de opinión. En la actualidad el pueblo soberano opina sobre todo de acuerdo con la forma con la que la televisión le induce a opinar. El poder del video se convierte en el centro de todos los procesos de la política contemporánea por su capacidad de orientar la opinión”.

La televisión tiene la capacidad de suplantar a los denominados líderes intermedios de opinión, aquellas personas clave que, antes de la era multimedia, inducían a los ciudadanos a tomar decisiones y patrones de conducta, adquirir ciertos productos o servicios, tomar partido por algún grupo político, etc. El Médico de cabecera, el Párroco de la iglesia, el anciano sabio de la comunidad, El profesor, el consejero espiritual y la hechicera que resolvía el mal de ojo, todos ellos, ahora, han sido sustituidos (o tienen menor influencia), que los personajes que están dentro de la televisión: personajes de series cómicas y de telenovelas, dibujos animados, deportistas, cantantes, actrices, animadores, conductores y, especialmente, presentadores de noticias.

La ventaja que tienen estos nuevos líderes mediáticos de opinión que dicen a su auditorio qué pensar, qué decir y cómo actuar, es la de gozar de mayor cercanía con los ciudadanos y un nivel de insistencia tal que, día, tarde y noche, pueden transmitir la misma imagen, declaración u opinión, en diferentes formatos (nota informativa, crónica, editorial) y en los diferentes noticiarios, con el objetivo de que mayor número de televidentes se enteren de la “nota del día”.

En consecuencia, los ciudadanos al intercambiar sus puntos de vista con otros (en casa, el trabajo, la calle), por falta de una información diferente o complementaria a la recibida por la televisión, reproducen como un reflejo o extensión de la misma, el punto de vista u opinión vertida por el presentador de noticias la noche o la tarde anterior. El fenómeno, a nivel de opinión pública, radica en que al compartir puntos de vista, los ciudadanos observan que éstos “coinciden” y, al ahondar en el tema, resulta que la fuente de información generalmente es la misma: “Salió en el noticiario”, “Lo dijo Joaquín López Dóriga”.

Sartori considera que la televisión es el nuevo demiurgo del consenso en las sociedades democráticas, y argumenta sobre la supremacía de la imagen televisiva en la percepción de la realidad en los ciudadanos: “No importa que las imágenes puedan engañar aún más que las palabras. Lo importante es que el ojo cree en lo que ve; y, por tanto, la autoridad cognitiva más auténtica es lo que se ve. Lo que se ve parece real, y puede ser considerado como verdad”.

Actualmente, acudir a un mitin, marcha, reunión o asamblea de barrio (¿existen todavía?) en donde los líderes tradicionales –políticos, representantes sociales, sindicales, vecinales— informan a los ciudadanos sobre los asuntos de interés general y discuten puntos de vista y posturas políticas, ha dejado de ser práctica habitual en muchos ciudadanos. La falta de credibilidad de los “representantes del pueblo” y el desuso de prácticas democráticas como salir a la calle a enterarse de los asuntos públicos e intercambiar información política y económica de manera interpersonal, cara a cara es una de las razones. Es más cómodo encender la televisión, el Ágora electrónico.

IV. CONSTRUYENDO EL CONSENSO: LA INFLUENCIA DE LOS NOTICIARIOS
Una viñeta cotidiana en muchos hogares del país es la del ciudadano medio que llega a casa por la noche, cansado, con ganas de estar con su familia y relajarse del estrés laboral; sólo cuenta con 15 minutos antes de dormir y decide encender la televisión y sintonizar el noticiario, su intención es informarse del acontecer social y entretenerse un poco antes de caer rendido en el sofa. Brevemente se entera de la violencia extendida en todo el país y el número de muertos del día; que el Presidente de la República visitó una casa-hogar llena de niños pobres a los que obsequió 5 computadoras; es testigo de la lucha entre marcas patrocinadoras; soporta el mal chiste del comentarista; y alcanza a ver el resumen deportivo. El escote de la presentadora de espectáculos le resulta muy sugerente... Al oprimir el botón “apagar”, se levanta del sofá y, a paso lento, da paso a la realidad. La otra, la que no pasa por la pantalla, la de levantarse a otro día para trabajar.

En términos de información, la penetración de la publicidad, la competencia comercial y la manipulación política permean los noticiarios televisivos. El periodista polaco, Ryszard Kapuscinski, en su libro Los cínicos no sirven para este oficio (Anagrama, 2002, pág.61), describe algunas razones sobre este fenómeno: “El problema de las televisiones y, en general, de todos los medios de comunicación, es que son tan grandes, influyentes e importantes que han empezado a construir un mundo propio. Un mundo que tiene poco que ver con la realidad. Pero, por otro lado, estos medios no están interesados en reflejar la realidad del mundo, sino competir entre ellos. Una cadena televisiva, o un periódico, no puede permitirse carecer de la noticia que posee su rival directo. Así, todos ellos acaban observando no a la vida real, sino a la competencia”.
Un amplio sector de la sociedad mexicana trabaja todo el día, carece de tiempo y recursos económicos para elegir o tener acceso a mejores opciones de programas informativos, además, si recorre los distintos canales de la televisión abierta en busca de otros telediarios distintos, descubre que la única diferencia sustantiva entre éstos es el rostro del presentador, los horarios de transmisión, y los recursos tecnológicos que se utilizan (multimedia, gráficos en tercera dimensión, realidad virtual, tablero electrónico, etc.) para decir prácticamente lo mismo, pero de una manera más cool. La estrategia es la misma.

Lo que se ve en pantalla, en especial en los noticiarios de las principales cadenas, no necesariamente corresponde con la realidad de todos los días de los ciudadanos. La mayor parte del tiempo de transmisión, durante 2009 y lo que va de 2010 en México, en términos generales, la ocuparon la guerra al narcotráfico y los ajustes de cuentas entre los mismos; la agenda oficial del Presidente y sus funcionarios; notas intrascendentes y “curiosas” de la cultura de otros países; historias truculentas y escatológicas de “mexicanos extraordinarios” (fenómenos, obesos, infrahumanos, héroes y villanos) que agitan el morbo; videos y fotografías que capturan los televidentes de situaciones chuscas y “sorprendentes”; repeticiones hasta la náusea de las notas deportivas (si el Chicharito metió un gol se llega al éxtasis); chismes de la farándula; cortinillas publicitarias (infomerciales)… Estas y otras “importantísimas” noticias “llenaron” de lugares comunes y banalidad la mayor parte de los minutos al aire en noticiarios de TV.

Raúl Trejo Delarbre, analista mexicano especialista en medios de comunicación, en su artículo Los medios: Cómo mejorar la televisión, publicado en la revista NEXOS (diciembre, 2007), afirma que "El Problema en México, especialmente con la televisión, ha sido la excesiva concentración no sólo de muchas frecuencias en pocas manos sino, también, de contenidos de muy discutible calidad en los canales acaparados por las dos empresas privadas. Los telespectadores no han tenido oportunidad de acercarse a otras opciones de televisión”.

La consigna de los noticiarios en televisión es que mientras más aparezcan en pantalla intimidades e improperios de los políticos profesionales, sainetes y dramas pasionales entre éstos y los personajes de la farándula y los deportes, matizados con historias rosas o del corazón, los espectadores estarán más enganchados al monitor; que los olores a sangre y fluidos corporales de la nota roja y amarilla se mezclen con las “acciones heroicas” de policías y militares contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, a fin de crear el escenario idóneo para asegurar la tensión y psicosis ciudadana necesaria para sostener el nivel de audiencia y transformar el acontecer social en una novela de horror que imposibilita la visibilidad de los verdaderos “asuntos públicos” y de “interés general” que la sociedad necesita conocer y informarse de ellos.

¿Cuál es el consenso? ¿Los mexicanos estamos de acuerdo en que hay una guerra contra el narcotráfico y aplaudimos (como dice el Presidente Calderón) la presencia del Ejército en las callles? En contraste: ¿Cuál es nuestra opinión acerca de los constantes incrementos no legales a la gasolina y el diesel; la ley de Medios de Comunicación; la privatización silenciosa de la industria eléctrica y petrolera? No hay información. La poca que se difunde es sesgada, editorializada y editada. No estamos de acuerdo, por lo tanto hay polarización. Así está la opinión pública en México.

Cualquiera se preguntaría qué pasó en México respecto a la televisión pública, las concesiones a universidades, organizaciones civiles y proyectos independientes en televisión abierta. ¿Cuál es la responsabilidad que asume el Gobierno ante este escenario en el que proliferan la excesiva comercialización, la agitación del morbo social y el espectáculo en detrimento de cualquier atisbo de proyecto educativo o cultural a nivel masivo? Nada. ¿Quién detiene o regula a los medios masivos de comunicación sin que éstos y sus corifeos apelen que se esta transgrediendo la libertad de expresión? Nadie.

Fátima Fernández, profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, en su libro La Responsabilidad de los Medios de Comunicación (Paidós, 2002, pág. 125), asevera: “Si un diputado se equivoca o actúa mal, tendrá la sanción del voto; si un estudioso no estudia, tendrá la sanción de los exámenes, pero ¿Cuál es la sanción del hombre de los medios? Basta con que tenga el beneplácito del propietario del medio y del anunciante, es decir, en ambos casos, del dinero, para que no suceda nada”.

Efectivamente, desde que la información se convirtió en un gran negocio en el que se mezcla la manipulación política con el espectáculo, el gobierno mexicano se ha desentendido totalmente del asunto y pasó de la censura feroz de los años sesentas y setentas, a la permisividad y complicidad que actualmente tiene con los grandes consorcios televisivos. Se ha dejado de lado el cuidado, regulación y calidad de los contenidos, a cambio de favores propagandísticos permanentes y de guerra sucia mediática en procesos electorales o en momentos coyunturales en contra de manifestaciones políticas no oficialistas.

Con la anuencia de las cúpulas empresariales y sin tomar en cuenta a los ciudadanos, el Estado Mexicano ha permitido que los medios de comunicación, en especial la televisión, tengan un alto nivel de concentración de poder e influencia en la gobernabilidad del país. Su hegemonía es política, cultural e ideológica; permea en el ejercicio del poder político, en las instituciones públicas, los organismos sociales, las empresas y en el quehacer cotidiano de los ciudadanos imponiendo sus intereses, dinámicas y estrategias sobre la convivencia social. A este poder desmedido algunos autores lo consideran la Mediocracia, es decir, el gobierno de y desde los medios.

Las principales concesionarias de la televisión, a través de sus noticiarios, son las instancias responsables y tienen la obligación de informar a la sociedad sobre los asuntos de interés general, ya que la utilidad pública a la que deben sujetar sus transmisiones es la principal razón de su existencia. De otro modo, el uso del espacio radioeléctrico –propiedad de la nación— de forma unilateral para difundir contenidos que satisfagan sólo los intereses de los propietarios, en detrimento de la utilidad pública, traería consigo la suspensión de la concesión por parte del Estado. Sin embargo, la suspensión de las concesiones no sucede a pesar de los constantes y graves excesos de los noticiarios.

V. LOS NOTICIARIOS Y LOS PROCESOS ELECTORALES
El punto más álgido de la influencia de la televisión en la opinión pública se da durante los procesos electorales; la capacidad de los noticiarios de la televisión mexicana para imponer la agenda y establecer los tópicos de la contienda político-electoral es impresionante. Por ejemplo, existe una predisposición muy marcada por parte de los equipos de reporteros de la fuente por buscar en los candidatos no sus planteamientos, análisis e iniciativas políticas, ni el impacto de las mismas, sino más bien sus diatribas, improperios, frases ingeniosas y dimes y diretes en los que son capaces de enredarse para, de ahí, los telediarios hacer escarnio y encender la mecha en la arena política.

En respuesta los partidos políticos realizan un excesivo gasto en su propaganda de radio y televisión debido a que en los micrófonos y pantallas de los principales noticiarios se inicia la arenga, se muestran las evidencias y testimonios del “bueno” o “malo” candidato, y se delibera quien pierde y quien gana en la contienda política. La televisión se erige como todo un tribunal mediático y los jueces son los conductores y comentaristas de los informativos; el auditorio gruñe o se congratula con el veredicto pero jamás es tomado en cuenta.

Actualmente, no sólo en México, el partido o candidato que mejor maneja su estrategia de medios es, generalmente, el que se lleva la victoria en las urnas. Los medios, especialmente la TV, establecen la ruta hacia el triunfo. Así, independientemente de los resultados electorales, la mayor parte de los recursos públicos que el IFE destina a los partidos terminan en las arcas de los grandes medios masivos de comunicación. Los seguros vencedores. Los dueños del ring, los que montan en espectáculo.

Otro fenómeno presente en la coyuntura política de México es la compra ilegal de publicidad electoral por terceros (empresarios, organizaciones civiles, fundaciones, etc.). Actividad sancionada por la legislación electoral que establece que sólo los partidos políticos tienen la facultad de comprar tiempos en radio y televisión para realizar propaganda; ordenamiento que las televisoras no desconocen pero, carentes de moralidad y ética, desoyen en aras del jugoso negocio que ello implica.

Fue en las elecciones presidenciales de julio de 2006 en donde quedó manifiesto el papel protagónico de los medios de comunicación. A diferencia de los años noventas, la polémica no se cierne ahora sobre las inequidades en torno a las coberturas de radio y televisión de uno u otro candidato, sino a la impresionante plataforma de mercadotecnia política en la que se han convertido los medios, principalmente la televisión.

Por ejemplo, en dicha contienda de 2006, según datos citados por Gabriel Sosa Plata en Saldos de la cobertura electoral, publivado en la Revista Mexicana de Comunicación (Núm. 100, agosto -septiembre, 2006), ningún candidato de los tres punteros tuvo supremacía abrumadora sobre los otros en cuanto a exposición en medios, incluso el candidato del PAN, Felipe Calderón, quien después de un largo y truculento proceso de deliberación por parte de la autoridad electoral se erigió como presidente de México, fue el candidato con menor exposición en medios electrónicos (25%), después de Roberto Madrazo (31%) y el más expuesto, Andrés Manuel López Obrador (37%).

La diferencia estuvo en el tratamiento periodístico de la información. La estrategia en televisión se orientó no hacia la censura o desaparición de las pantallas del candidato con mayor tendencia a romper el Status Quo, en este caso López Obrador, sino a su sobreexposición y manejo editorial de los contenidos relacionados con su candidatura. El 13% de las notas fueron negativas hacia su persona; 8% para Roberto Madrazo y 6% para Calderón (El Financiero,25 de julio de 2006). En este sentido, ganó la presidencia el candidato del que menos cosas negativas se mencionaron en la televisión.

La nueva era de la comunicación permite a quien posee las empresas mediáticas hacer y deshacer prácticamente todo lo que se posicione frente a sus cámaras y micrófonos. La proliferación del Spot y la creación del consenso mediante encuestas y sondeos de opinión en tiempos electorales son herramientas muy socorridas para manipular las tendencias del voto y posicionar o quitar del camino a candidatos que no agradan a las elites políticas y empresariales.

A través de la pantalla de televisión, en los noticiarios, basta con preguntarle a 200 personas qué opinan de tal candidato para que los otros más de 4 millones de posibles electores se formen una idea del mismo; también se puede entrevistar a un candidato con preguntas “a modo” para sacarlo de quicio, hacerlo titubear, interrumpirlo constantemente y tratar de evidenciarlo ante las cámaras para hacerlo ver como intransigente, poco inteligente e intolerante; se puede hablar de su mal gusto al vestir, sus muletillas verbales, su forma de caminar, criticar sus amistades y familiares, si de joven bebía alcohol o consumía drogas, etc. Todo esto y más durante varias transmisiones, en diferentes formatos, horarios y capítulos de los telediarios, acumulando horas de transmisión; de su plataforma política, sus convicciones, su trayectoria en la administración pública, sólo un par de minutos.

Carlos Montemayor, analista de los movimientos de resistencia política en México, publicó un artículo en La Jornada (17 de diciembre de 2008, pág. 16), titulado Violencia electoral en México, donde considera que “La violencia de Estado en procesos electorales se ha expresado en una amplia gama que ha variado desde el fraude electoral y la desaparición selectiva de candidatos o de opositores electorales hasta la represión y la masacre. En los inicios del siglo XXI se amplió este espectro hacia un nuevo extremo: la manipulación de los medios electrónicos”.

Ante el poder desmedido de los mas media en México, urge sobremanera una legislación enérgica, precisa y suficiente para poner fin a la mediocracia y generar los contrapesos necesarios para que los grandes consorcios mediáticos se vean realmente obligados a respetarla y ser equilibrados en sus contenidos y democráticos al permitir acceso a las diversas voces de la sociedad. También es necesario poner límites al papel que desempeñan durante los procesos electorales y establecer un mecanismo eficiente que faculte a la sociedad civil para intervenir ante los excesos en que éstas incurren.

La reforma constitucional de 2007 en materia de comunicación y procesos electorales, significó un primer paso, aunque tardío, en el avance hacia una mejor relación entre los medios y la política, en ella se reconoce la desmedida dependencia que el sistema político mexicano y sus procesos electorales han tenido respecto de los consorcios mediáticos.

Es un acierto la prohibición a la compra de propaganda electoral y la asignación a los partidos de mayor tiempo del que ya disponían en las estaciones de radio y televisión. Sin embargo falta mucho más que poner en orden en términos de comunicación masiva ya que las principales televisoras han dejado de ser intermediarias para erigirse en protagonistas en el escenario político, y sus intereses distan mucho del interés público al cual, les guste o no, debieran someterse.

Finalmente, la comprensión por parte de la sociedad acerca de cómo funcionan los medios de comunicación masiva, cuál es su objetivo y cuál es la utilidad pública que deben tener es más que deseable. Los ciudadanos no podemos vivir ignorando los efectos que producen en nuestra vida y hacia dónde están conduciendo la convivencia humana. Por ejemplo, aprender a ver la televisión es tan importante hoy día que debería incluirse en la educación básica de los niños. ¿Lo permitirá Doña Elba Esther?
Publicado por Hugol (BOLAESPINOSA) en viernes, noviembre 05, 2010